El maestro Frank Capra abordó en 1932 el reto de hablar de un banco en crisis tres años después del crack bursátil del 29. Y lo hizo bien, contando la historia del honrado(sí) presidente de un banco, Tom Dickinson, quien tras más de dos décadas dirigiéndolo se enfrenta a los movimientos de la Junta Directiva, que le quita del sillón ante la inminente caida de la Bolsa.

Con su carrera amenazada y su matrimonio al borde del desastre, teniendo que lidiar en medio del caos de clientes asustados, compañeros sin escrúpulos, con la sombra no aclarada del robo de una gran cantidad de dinero y una incertidumbre total, Dickinson da una lección de saber moverse con inteligencia y, lo que es más importante, con un modo de comunicar que llega a todos, desde la Junta Directiva implacable hasta los pequeños ahorradores con mucho miedo al futuro y la confianza rota.

La película exagera muchísimo y confía muchísimo en la bondad del ser humano, pero tiene esas licencias porque para eso es un flin ¿no?. A pesar de ir camino de los 80 años, sigue teniendo mensajicos perfectamente similares a los que podríamos encontrar en una historia del siglo XXI. Que nos creemos muy especiales y muy planificadores, y repetimos crisis evitables y mecanismos de transmisión igualicos.



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